¿Por qué lloras tu?

 

 

 

Las causas del llanto de una mujer son tantas, como tantas son sus penas y alegrías. Todos llegamos a este mundo llorando, pero ese llanto significa vida, vigor, un pronóstico bueno para comenzar la vida; luego crecemos, y poco a poco, tomamos conciencia de lo bueno y de lo malo, de las alegrías y de las penas, del rechazo o de la aceptación, de la ilusión y de la decepción.

Los matices de la vida que a cada una de nosotras le ha tocado vivir, hacen de ésta una vida completa y auténtica. Continuamente se dice que la mujer es mucho más emocional que el hombre, puede ser, pero yo diría que somos más sensibles… ¿el motivo?, Dios nos hizo así, de esa forma, estamos preparadas para enfrentar muchas dificultades, adversidades y sinsabores; pero lo más preciado,  estamos preparadas para ser madres, sensibles al llanto de un hijo, sensible para contemplar el rostro de los suyos y percibir de inmediato que algo bueno o malo está sucediendo en ellos.

Existen otras lágrimas, lágrimas no buenas, también son una realidad en el mundo; lágrimas de impotencia, de rabia, de odio, de soberbia, en fin tantas…

Y las otras…, son lágrimas de felicidad, de gozo, de afecto, de alegría infinita por el éxito de un hijo, de su marido, de los que ama. ¡La emoción sin igual de disfrutar de la primera mirada del hijo que recién ha nacido…, indescriptible dicha!  Pero ¡oh que contradicción!, cuando estamos alegres, lloramos, y cuando estamos tristes, tratamos de cubrir esa tristeza con una sonrisa, para luego llorar a solas. La lista es larga,  lágrimas de pena, de dolor infinito de ver  sufrir a los suyos, de abatimiento, del abandono del ser querido. Dicen que las lágrimas lavan el alma…, puede ser,  pero muchas veces viene el cansancio de tanto llorar y se secan los ojos de dolor.

¡Pero hay otras lágrimas! Éstas son provocadas desde el cielo, lágrimas poderosas, lágrimas que trascienden a la eternidad, lágrimas que sólo conocen los redimidos; éstas son causadas por el amor de Dios, ¡del perdón! al encontrarnos con Cristo,  lágrimas de gozo infinito al sentir y saber que EL nos ama, y lágrimas de tristeza infinita al reconocerse la más vil pecadora ante la santidad de Dios.

Ya el milagro de la redención en nuestros corazones está sellado, tenemos un nuevo corazón, pero ahora mucho más sensible y preparado para oír la voz del Amado, preparado para vivir el Reino aquí en la tierra, preparado para oír el clamor del que sufre, para sentir el dolor ajeno e ir presurosas en su ayuda. ¿Cuántas habrán sido nuestras lágrimas por la causa de Cristo? ¿Cuántas habrán sido provocadas por el escarnio de los burladores de la cruz? ¡Pero cuántas lágrimas de victoria hemos derramado cuando hemos vencido, y las hordas de tinieblas no han podido someternos porque el Omnipotente está a nuestro lado como poderoso gigante!

Quiero concluir con la precisión de otra clase de lágrimas: éstas son lágrimas del compromiso adquirido con el Reino de Dios y su justicia, del compromiso y de la fidelidad al Señor de la vida, del compromiso de ser una “sierva” verdadera; porque la que es sierva aprobada por Dios, sabe que el camino no será fácil, sabe que habrá lucha a muerte con el enemigo de nuestras almas, no son lágrimas de miedo, no. Son lágrimas de “temor a Dios” por querer llevar una vida íntegra, por querer  agradar a Aquel que nos llamó.

Todo aquel que se compromete con Cristo en una instancia superior, “sabe” que va a sufrir. Hay y siempre ha habido, quienes les gusta la honra y el título y bregan por ello; pero éstos, no son los verdaderos ungidos, y por tal razón no hacen cuestionamientos,  confían en sus propias armas y estrategias humanas, y no logran percibir, ni dimensionar los misterios del mundo espiritual, y las maquinaciones del enemigo de nuestras almas. Los verdaderos llamados a las tareas del Reino, saben que deben tomar el camino de la cruz, eso provoca dolor y  pavor, porque saben, lo que significa ganar un alma para Cristo y saben también lo que significa, que lobos rapaces la ataquen, saben que engendrar y cuidar hijos espirituales provocará sufrimientos, y saben que por amor hay que humillarse, callar, ser puente para los más débiles…, pero también saben que junto a esas lágrimas vendrá el Espíritu del Señor y transformará nuestro llanto en gozo celestial.

Muchos hemos llorado con el llanto de los “verdaderos”, pero también con el llanto de los “vencedores”, porque el Espíritu del Señor  reposaba en nosotros;  nuestros ojos han podido  ver el camino de la cruz…

 ¡Oh yo veo a mi Señor Jesucristo, en Getsemaní! Y su voz diciendo: Padre, si quieres, pasa de mí esta copa; pero no se haga mi voluntad, sino la tuya Él sabía lo que venía, la cruz, pero su agonía se transformó en heroísmo, en amor…, puro amor hacia nosotros. Tu has amado, por eso aceptaste el llamado; así como Cristo amó, por eso aceptó la cruz.

Amadas, sigamos las huellas de quienes han amado, esas son las huellas del Maestro, avancemos hacia vida eterna y aceptemos el llamamiento de nuestro Señor. Él nos dejó  su Palabra, su Poder, una Promesa:

“Porque no nos ha dado Dios espíritu de cobardía, sino de poder, de amor y de dominio propio”

Alicia

abril 4, 2012

  • Hermoso y leido en un momento de mucha necesidad…mil gracias y nunca se canse de sus publicaciones siempre serán leidas por la persona presisa y en presiso momento…un fuerte abrazo y un gran beso de foquita

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