¡Un niño nos es nacido!

Esta es una profecía llena de esperanza, promesas y redención. Una profecía que marcaría la historia para siempre. Se vislumbraba el plan eterno de Dios. Se asomaba lo que sería el milagro más asombroso de todos los tiempos. Su llegada.  Y 700 años antes, se anunciaba este milagro.

“El pueblo que andaba en tinieblas vio gran luz; los que moraban en tierra de sombra de muerte, luz resplandeció sobre ellos”…

“Porque un niño nos es nacido, hijo nos es dado, y el principado sobre su hombro; y se llamará su nombre Admirable, Consejero, Dios Fuerte, Padre Eterno, Príncipe de Paz”.

Lo dilatado de su imperio y la paz no tendrán límite, sobre el trono de David y sobre su reino, disponiéndolo y confirmándolo en juicio y en justicia desde ahora y para siempre.”

Isaías 9: 6-7

Era el anuncio de la llegada del verdadero Rey. El que por línea de sucesión, tanto materna como paterna, tenía derecho al trono. El verdadero heredero. El linaje de David. EL león de la tribu de Judá.

Esa profecía se cumpliría 700 años después. Era el tiempo. El padre, en su eterno presente, en su soberanía y presciencia tenía escogido el tiempo y la época. Lo que pocos entendían, era que esa promesa, “era” lo que hoy, es nuestra bendición. Los que fuimos adoptados sabemos realmente la implicancia de esta maravillosa profecía.

Su pueblo, Israel, subyugado por el imperio romano y con un impostor en el reino,  Herodes, quien no era judío sino que idumeo, no llevaba sangre real. Era un farsante, inspirado por el padre de mentiras, quien siempre ha anhelado ser como Dios.

Y en ese contexto, llegó el tiempo en que el Rey tan esperado y prometido llegaría.

Pero los religiosos de la época, no supieron. No entendieron. No lo notaron.

El anuncio fue hecho a unos simples pastores que cuidaban sus rebaños.  Más tarde, Magos del Oriente, estudiosos y sabios fueron guiados por una estrella, que reflejaba a Dios mismo. Mas,esa noche gloriosa, los animales fueron los anfitriones.

 Las estrellas brillaban con más fuerza que nunca. Millones de ángeles expresaban regocijo al dar a conocer el plan de redención trazado desde antes de la fundación del mundo:

¡Gloria a Dios en las alturas, y en la tierra paz! María escuchó el llanto del salvador. José no podía creer que el redentor del mundo estaba en sus brazos.

Ese fue el milagro más asombroso. Que Dios se hiciera hombre, tomando nuestra condición. Humillándose a nuestra bajeza. Tomando forma corporal.

El “Ser más grande y sublime, independiente en gloria y majestad, ahora, dependiendo de su madre para que lo alimentara. ¿Acaso eso no es un milagro?.

Pero ellos lo esperaban como Rey. Con gran gloria y con poder. Más el vino en sumisión, como siervo, sin valor.

“Su reino” había sido usurpado por un farsante.

Así fue, como lo despreciaron y desecharon. Burlándose, lo coronaron con espinas, y con un letrero que decía “rey de los judíos”

Ese Rey, volverá un día no muy lejano, y todo ojo le verá. Todo el mundo, grandes y pequeños, reyes y plebeyos, toda lengua y nación, tendrán que declarar y confesar que él es el Señor.

Llegará el día, en que el verdadero Rey  gobernará a las naciones con juicio y con justicia, y demostrará al mundo entero, en su Reinado Milenial, que “Él es el Rey  eterno, prometido”

Sí, esa profecía, declaraba el plan glorioso de redención, pues el Mesías, Emmanuel, Dios con nosotros, Príncipe de paz, vendría a libertarnos de un yugo más pesado que el de los romanos: “el yugo del pecado”. Él vendría a dar solución al gran problema de la humanidad después de su caída: ¡vencería la muerte!

¡Lo dilatado de su impero, y la paz, no tendrán límite!

La noticia más gloriosa que hoy podemos celebrar, es que ese Rey  vive en mi corazón, en tu corazón, y en el de todos aquellos que le han reconocido y amado.

Por esto, sea o no la fecha en la que el cristianismo celebra la “Navidad”, no podemos dejar de celebrar, adorar, exaltar y engrandecer a Dios.

Ese niño, sería nuestra única salvación.

Cuando lo vimos, caímos rendidos ante sus pies. Ese Rey desechado, ahora reina en nuestros corazones. Su amor nos cautivó a tal punto, que él es ahora nuestro Rey Soberano.

Siendo Rey, me ve cual hermano, siendo Rey me brinda su amor. Dejando su trono de gloria, me vino a sacar de la escoria…, por eso, hoy, más que nunca, no podemos dejar de decir: 

Y yo soy feliz, con Él…

Con cariño, Alicia

Diciembre 2018

mayo 8, 2019

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